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Ser Refugiado - Una Visión Psicológica

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Refugio Alambre

Por: Pilar Plaza Muñoz

De acuerdo con la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, un refugiado es una persona que "debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él"…

Con independencia de que la decisión haya sido tomada de forma libre u obligada, para todas las personas la ruptura migratoria irá acompañada de estados afectivos básicos que pueden presentarse con mayor o menor acceso a la conciencia: la persona oscila en la ambivalencia del dolor por lo que se pierde, la culpa por lo que se está abandonando y la ansiedad frente a lo desconocido. Esto es lo que se pondrá en juego en cada migración…, son las consecuencias de la decisión de emigrar que convendría que todo sujeto reconociese y afrontar mejor así la migración.

El emigrante está llamado a transitar el proceso de duelo con sus sentimientos de pesar y abatimiento, de inhibición y restricción del yo (de lo que era en su país), pero junto a esto debe incorporar lo nuevo que encuentra. Esto hace que su duelo en realidad no desaparezca nunca del todo ya que la pérdida es vivida, en realidad, como confusa y ambigua. Por ello, el duelo migratorio podría considerarse un síndrome en tanto abarca un conjunto de representaciones mentales y de vivencias ambivalentes, se trata del Síndrome de Ulises. Quien ya no está es el sujeto, ya no es el mismo que dejó el país, y porque siempre es posible fantasear con recuperar lo que se perdió.

La estructura de personalidad de cada sujeto se configura en base a los rasgos de carácter y a las vivencias emocionales que haya experimentado durante la evolución en la etapa infantil, son el resultado de la calidad de los primeros vínculos afectivos. Si éstos han garantizado que el sujeto desarrollara su individualidad y autonomía, adquiriendo en el proceso un grado suficiente de confianza en sus posibilidades, podría pronosticarse que esta persona estaría en condiciones de elaborar adecuadamente las consecuencias emocionales de emigrar.

Las personas refugiadas que llegan a Europa a menudo se enfrentaron con guerras, persecuciones y dificultades extremas en su país de origen. Muchos experimentaron desplazamiento y dificultades en los países de tránsito y se embarcaron en peligrosos viajes. La falta de información, la incertidumbre sobre su estatus migratorio, el miedo ante la potencial hostilidad, el cambio de políticas y los arrestos indignos y prolongados, añaden un estrés adicional al proceso normal en la emigración. Una migración obligada vuelve vulnerables los soportes de protección previos - como los proporcionados por una familia extensa -, poniendo en riesgo las identidades propias culturales, religiosas y de género.

La migración forzada requiere de múltiples adaptaciones en periodos cortos de tiempo; los menores especialmente -pero también los adultos-, se vuelven más vulnerables al abuso y la negligencia, provocando que los problemas de naturaleza social y psicológica ya existentes puedan resultar agravados.

Según varias Agencias de Cooperación Internacional, los refugiados y los inmigrantes que viajan en situación muy vulnerable económica y socialmente, pueden sentirse abrumados o confundidos y angustiados, experimentar miedos y preocupaciones extremas, tener estallidos de emociones fuertes como ira o tristeza, pesadillas y otros problemas de sueño. Es habitual, que inmediatamente a su llegada a Europa, algunos puedan mostrarse muy emocionados, otros se ven afectados por múltiples pérdidas y están en proceso de duelo por todo lo que dejaron atrás  (personas, lugares y estilo de vida…). Pueden sentirse temerosos o ansiosos, o insensibles y distantes…, algunos pueden tener reacciones que afecten a su capacidad de funcionamiento y de pensamiento y, por lo tanto, afecten a su capacidad para cuidar de sí mismos y de sus familias, y de no poder hacer frente a los peligros y riesgos en su camino.

Los efectos del estrés pueden ser atenuados por servicios básicos, de seguridad y apoyo social. Las tasas de trastornos relacionados con el estrés extremo, como el trastorno por estrés postraumático, son más altas en refugiados que en personas que no fueron desplazadas por la fuerza, relacionado con las vivencias intensas y traumáticas (persecuciones, secuestros, agresiones, peligro de la propia vida por estar en zona de guerra…., etc.) Sin embargo, para la mayoría de los refugiados e inmigrantes los eventos potencialmente traumáticos del pasado no son la única, ni la más importante fuente de angustia psicológica. La mayor parte del sufrimiento emocional está directamente relacionada con las tensiones y preocupaciones actuales y la incertidumbre sobre el futuro. La condición de refugiado o inmigrante, en sí misma, no hace a las personas, más vulnerables a los problemas psicológicos o a los trastornos mentales (si es más grave) , pero sí los expone a diversos factores de estrés que influyen en su bienestar y salud mental.

El ser emigrante es una condición intercambiable, sobretodo hoy más que nunca, porque no se nace extranjero sino que cualquiera puede llegar a serlo. El viajar a otro país con el deseo de desarrollar una nueva vida allí supone el comienzo de un proceso de adaptación a muchos niveles; la acomodación al nuevo entorno da como consecuencia múltiples respuestas de hiperactivación, todas ellas emitidas de cara a facilitar la adaptación al nuevo país y a unas circunstancias vitales diferentes. Las reacciones psicológicas más frecuentes, y entendidas como normales dentro de este proceso de adaptación son:

  • A nivel cognitivo: Preocupación, pensamientos catastrofistas, pensamientos repetitivos relacionados con las cosas que preocupan, dificultades de concentración y atención. La situación a la que se enfrentan está marcada por la incertidumbre y la ambigüedad.
  • A nivel emocional/fisiológico: Reacciones de hiperactivación de los procesos fisiológicos y que son visibles a través de la ansiedad, el miedo o la inseguridad. A nivel físico, aparece en forma de problemas del tipo de cefaleas, dificultades gástricas o tensión muscular.
  • A nivel comportamental: Inquietud, conductas agresivas, actitud defensiva, bloqueos en la toma de decisiones. Todas las reacciones propuestas son entendidas como manifestaciones subclínicas en un proceso de adaptación, como es la migración a otro país. Tienden a desaparecer con el tiempo, o por lo menos, a disminuir en intensidad y no deberían generar una limitación importante en el funcionamiento de la persona.

Como decía anteriormente, en el proceso de emigrar, forzado o no, se producen diferentes duelos, diferentes pérdidas que son complicadas de asumir.

A nivel psicológico entendemos el duelo como el proceso de adaptación y asimilación a la pérdida de un ser querido o algo muy preciado. La pérdida se entiende como quedar privado de algo que se ha tenido (por ej., amistades), fracasar en el mantenimiento de una cosa que valoramos (por ej., cuando nos roban), reducir alguna sustancia o proceso (por ej., pérdida de habilidades físicas) o destruir o arruinar (por ej., las pérdidas causadas por una guerra; Neimeyer, 2002). La repercusión de la pérdida dependerá, además, del significado que le otorguemos al objeto perdido. La duración del duelo también es incierta pudiendo durar desde unos meses a un año. En general, la pérdida es un suceso intrínseco a la naturaleza humana, es decir, que se nos presupone cierta resiliencia, o capacidad de adaptación. De ahí, que una mayoría de personas no necesiten ayuda profesional en un duelo, por complicaciones en el mismo. Según Worden (1997), la sintomatología más característica en un proceso de duelo normal es:

· Síntomas cognitivos: Incredulidad, Confusión, dificultades para concentrarse y olvidos, preocupación, sentido de presencia y alucinaciones visuales o auditivas.

· Síntomas conductuales: Dificultades para dormir y despertar temprano, pérdida y/o aumento del apetito, aislamiento social, evitar situaciones que le recuerden al fallecido o visitar esos lugares de forma frecuente, conductas de búsqueda del fallecido, inquietud motora o llorar.

· Síntomas emocionales: Tristeza, enfado, culpa o autorreproche, ansiedad, soledad, fatiga, impotencia, embotamiento emocional.

· Síntomas físicos: Vacío en el estómago, opresión en el pecho, hipersensibilidad al ruido, sensación de despersonalización, falta de aire o debilidad muscular. Que la gran mayoría de las personas que pierden un ser querido no requieran intervención profesional especializada, no es incompatible con un abordaje psicológico de acompañamiento y normalización.

Es importante conocer que el duelo también lo sufren los autóctonos y también los que se quedan en el país de origen; de éste modo, los autóctonos también tienen que modificar aspectos de su vida al relacionarse con los inmigrantes: por ej., si nuestro hermano se casa con una persona procedente de México o de la India, lógicamente se tendrán que tener en cuenta a nivel de la vida familiar, sus costumbres culinarias, religiosas, sus fiestas tradicionales, su mentalidad, etc. , y habrá aspectos que se aceptarán gustosamente, y otros que pueden resultar más conflictivos. El autóctono también ha de hacer un esfuerzo para adaptarse a vivir con personas de otras culturas y mentalidades y ver cómo cambia el paisaje humano.

Los que se quedan en el país de origen también notan la ausencia de la familia que marchó: hijos, madres, padres, viven intensamente las separaciones, muchas veces por largos años de sus seres queridos. Para un niño que ha vivido una infancia sin sus padres, toda la vida se hallará ya marcada por este hecho, por la migración de sus padres, por vivir una infancia huérfana y por el incremento de la vulnerabilidad.

Por otro lado, las personas que tuvieron que salir del país de manera forzada, es decir las personas solicitantes de protección internacional, han pasado por situaciones traumáticas, como son el ver peligrar su vida, ver morir a otros, vivir en un país en guerra…, perseguidos por tema de género, raza, o religión, hace que la persona tenga una mayor vulnerabilidad a desarrollar lo que se conoce como Estrés Post-traumático. Según Fouce, G. y col. (2016) las reacciones normales tras una experiencia traumática se pueden clasificar de la siguiente manera:

A nivel cognitivo:

· Tener imágenes o recuerdos sobre lo ocurrido. Suelen ser repetitivos y de carácter intrusivo. Generan malestar intenso.

· Pesadillas o flashbacks con el contenido de los hechos traumáticos.

· Dificultades de memoria. En ocasiones, las personas pueden tener problemas para recordar partes del evento traumático.

· Dificultades en los procesos básicos. Problemas de concentración o de atención derivados de los problemas cognitivos.

· Ruptura de los supuestos o creencias básicas que teníamos hasta ese momento. · Pensamientos críticos.

· Rumiaciones frecuentes sobre lo ocurrido.

· Intentos cognitivos de suprimir ciertos pensamientos o recuerdos desagradables.

A nivel emocional y fisiológico:

· Sensación de hipervigilancia constante.

· Irritabilidad.

· Activación constante, exceso de nerviosismo y sobresaltos frecuentes, reacciones de miedo o ansiedad.

· Sensación de fatiga mental y física.

· Cierto embotamiento emocional, traducido en incapacidad para sentir determinadas emociones.

A nivel conductual:

·Evitar situaciones, personas o pensamientos que nos recuerden el evento traumático.

·Recurrir a estrategias desadaptativas como el consumo de alcohol o fármacos.

·Tendencia al aislamiento social. Todas estas reacciones son normales y tienden a desaparecer de forma progresiva. Son conceptualizadas como reacciones adaptativas tras un evento traumático, que lejos de dificultar el procesamiento del trauma, parece que pueden contribuir a una mejor metabolización. Todas estas reacciones se convierten en problemáticas cuando comienzan a generar una interferencia en diferentes áreas del individuo (social, laboral, familiar, personal).

A partir de mi experiencia en el trabajo con personas emigrantes, es escasa la importancia que dan a su salud las personas emigrantes, bien porque quizás en su país de origen el acceso a los servicios sanitarios son escasos para las personas con bajos recursos económicos, bien porque al llegar al país de acogida prima más el disponer de un alimento que llevarse a la boca, o donde dormir; si bien, esta es la realidad que se presenta para las personas extranjeras, los profesionales que trabajamos en éste ámbito, debemos de unir fuerzas para difundir la importancia de promover la salud, física y psicológica, porque en el fondo hasta que no se consiga esto, no llegará el verdadero bienestar en las personas migrantes.

 BIBLIOGRAFÍA

  • Achotegui, J. “Intervención psicológica y psicosocial con inmigrantes minorías y excluídos sociales". Ediciones El mundo de la mente. Gerona. España. 2.015
  • Fouce, G., Larroy, C., Fernández, I., Salgado, N., Lozano, D., Piñas, B., Aguilera, A., García, M., Garrido, R., Hidalgo, V. “Guía para la intervención psicológica con inmigrantes y refugiados”. Edita Colegio Oficial de Psicólogos Madrid. 2.016

Pilar Plaza Muñoz es Psicóloga Clínica, es parte del equipo de Fundación ACOBE y escribe sobre distintos temas referentes a prevención de violencia de género, infancia, familia e inmigración en www.gabinetepsicologosmadrid.com.

 

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